01/07/2026 - Edición Nº2765

Interés General

Infancias y redes sociales

Prohibir redes sociales: una solución simple para un problema complejo

12:07 |Chile debate restricciones al uso de plataformas digitales en menores, pero la experiencia internacional muestra que las prohibiciones son fáciles de eludir y no atacan el diseño adictivo de las redes.



El debate sobre prohibir el uso de redes sociales a niños, niñas y adolescentes volvió a ganar fuerza en Chile, en línea con iniciativas similares impulsadas en otros países. La promesa es clara: proteger la salud mental, mejorar la concentración y reducir la exposición de los menores a contenidos nocivos. El problema es que la evidencia disponible muestra una dificultad central: prohibir no siempre significa controlar.

La experiencia de Australia aparece como el caso más citado. Allí, seis meses después de aplicar restricciones para menores de 16 años, el 70% de las cuentas seguía activa. El dato expone una debilidad evidente de este tipo de medidas: los adolescentes encuentran formas de seguir conectados, ya sea mediante nuevas cuentas, uso de VPN o registros realizados por terceros.
 

Una política que suena fuerte, pero funciona poco
 

El atractivo político de la prohibición es comprensible. Frente a un problema real —el uso excesivo de redes, la ansiedad, la exposición a contenidos dañinos y la pérdida de atención—, el Estado aparece ofreciendo una respuesta contundente. Sin embargo, el riesgo es confundir gesto con solución.

El dato australiano muestra que la restricción puede fallar en dos niveles. Primero, porque no logra desconectar efectivamente a los usuarios. Segundo, porque aun si lo consiguiera, seguiría sin intervenir sobre el problema de fondo: plataformas diseñadas para capturar tiempo, atención y datos personales.

Además, las prohibiciones pueden producir efectos no deseados. Algunos jóvenes migran hacia espacios menos regulados o con menor supervisión, mientras otros pierden acceso a información, noticias y participación en conversaciones públicas.
 

El foco debería estar en las plataformas
 

La discusión no implica negar los riesgos del entorno digital. Al contrario: obliga a pensar respuestas más serias. El punto no es dejar a las familias solas frente a las redes, sino exigir reglas más estrictas a las compañías tecnológicas.

El eje debería pasar por diseños menos adictivos, mayor protección de datos, controles reales sobre algoritmos, límites a la publicidad dirigida a menores y herramientas efectivas de seguridad. Si el problema nace en la arquitectura de las plataformas, la respuesta no puede recaer únicamente sobre los usuarios más jóvenes.

La prohibición ofrece una ilusión de control: tranquiliza a los adultos, ordena el discurso político y promete una solución rápida. Pero si no cambia el funcionamiento de las redes, difícilmente cambie el daño que producen. El verdadero desafío no es sacar a los adolescentes de internet, sino construir un entorno digital menos agresivo, menos extractivo y más responsable.