por Redacción
El reciente acercamiento con el gobernador Alberto Weretilneck no sólo ordena la foto política, sino que redefine el tablero. Castro ya no aparece como un dirigente aislado, sino como parte de un esquema que lo contiene, lo legitima y, sobre todo, lo sostiene en medio de la polémica. La sucesión de decisiones cuestionadas, atravesadas por vínculos personales y familiares directos, no ha derivado en sanciones ni en costos internos visibles. Por el contrario, el oficialismo provincial parece haber optado por cerrar filas.
En ese marco, el distanciamiento con Pedro Pesatti deja de ser un dato anecdótico para transformarse en una señal política de peso. El dirigente que lo impulsó a la intendencia hoy queda corrido de la escena, mientras Castro consolida su pertenencia al núcleo duro del poder rionegrino. No es un corrimiento menor: implica elegir una conducción y, al mismo tiempo, aceptar las condiciones de ese alineamiento.
La pregunta de fondo es por qué. La respuesta, incómoda pero evidente, remite a la necesidad de sostener gobernabilidad. En un contexto económico y social complejo, abrir una crisis interna en Viedma podría tener efectos colaterales para toda la estructura provincial. JSRN parece haber decidido que el costo político de respaldar a Castro es menor que el de exponer fisuras.
Sin embargo, ese blindaje no es gratuito. Cada polémica que se acumula erosiona la credibilidad de la gestión municipal y, por extensión, salpica al propio oficialismo provincial. La estrategia de contención puede ser efectiva en el corto plazo, pero plantea interrogantes hacia adelante: ¿hasta dónde alcanza el respaldo cuando los cuestionamientos se vuelven recurrentes?
¿Será karma? La pregunta empieza a instalarse en algunos sectores del escenario político viedmense. Castro llegó a la intendencia acompañado por una estructura que le permitió dar el salto al poder, pero hoy esa misma dinámica interna podría jugar un papel determinante en su futuro. En política, los respaldos cambian, las alianzas se reacomodan y quienes alguna vez fueron protagonistas pueden terminar dependiendo de las mismas reglas que ayudaron a construir.
Porque si la gestión municipal no logra revertir sus números y la percepción social continúa deteriorándose, el escenario electoral podría abrirse. Juntos Somos Río Negro tendrá otros oferentes y la discusión por la sucesión en Viedma podría incluir nuevos nombres dentro del oficialismo, como la posibilidad de que Nahuel Astuti o Marcelo Szygol sean parte de la oferta electoral del espacio.

En ese escenario, Castro podría quedar obligado a buscar una alternativa para conservar su lugar dentro del esquema político provincial. Una eventual candidatura legislativa podría aparecer como una salida para mantener presencia, aunque lejos del objetivo inicial de una reelección municipal.
La paradoja sería contundente: quien hoy aparece protegido por el aparato partidario podría mañana quedar condicionado por esa misma estructura. El dirigente que eligió un nuevo alineamiento político podría descubrir que, en política, las lealtades tienen límites y que los espacios también tienen memoria.
Castro, por ahora, resiste. Y lo hace porque no está solo. Pero en política, el sostén tiene fecha de vencimiento. La fortaleza de hoy puede convertirse en costo mañana si la acumulación de conflictos supera la capacidad de contención del propio espacio que hoy lo protege. Porque en el juego del poder, a veces, el traidor también puede terminar siendo traicionado.